En las esquinas de nuestro querido pueblo, y sobre todo cuando se acerca el ruido de las bandas de viento, suele revivir un viejo debate en la comunidad. Algunos vecinos, principalmente de comunidades protestantes, afirman con mucha seguridad que la palabra “carnaval” significa “Carne para Baal”, asociando las festividades del Carnaval de Santa María Aztahuacán con cultos satánicos o idolatrías al antiguo dios cananeo mencionado en la Biblia.
Incluso, a veces se argumenta que la Iglesia Católica es quien fomenta este supuesto descontrol pagano. Sin embargo, la historia y la lingüística nos cuentan una realidad muy diferente.
La verdad sobre las palabras: Ni Baal ni paganismo oriental
Para empezar, asociar la fiesta con el dios Baal es un error lingüístico bastante curioso, nacido de una simple coincidencia en cómo suenan las palabras en español. La palabra “carnaval” no tiene nada que ver con lenguas del Medio Oriente; proviene del italiano medieval carnevale, que a su vez se deriva del latín carnem levare (que significa literalmente “quitar la carne”) o carnis levamen (“el alivio de la carne”).
Este término se inventó en la Edad Media para marcar la última noche en la que se permitía comer carne roja y festejar antes de que diera inicio la sobriedad, el ayuno y la abstinencia de la Cuaresma, que arranca el Miércoles de Ceniza. En español antiguo, esta misma fiesta se conoce como carnestolendas, del latín carnes tollendas (suspensión de las carnes). No hay ritos oscuros en la raíz del Carnaval de Santa María Aztahuacán, solo la preparación del cuerpo y el espíritu para un tiempo de reflexión.
El Fundamentalismo Religioso en su lucha por la Verdad y resistencia al estudio, termina usando la Mentira y exhibiendo su ignorancia.
La Iglesia y el Carnaval: Una historia de estirones y tirones
Tampoco es verdad que la Iglesia Católica haya inventado o promovido el carnaval como un espacio de desorden. Al contrario, históricamente, la jerarquía eclesiástica y el gobierno virreinal persiguieron y censuraron duramente estas fiestas. En 1679, la Inquisición prohibió terminantemente que los laicos usaran vestimentas religiosas para disfrazarse, y en 1731 el virrey Juan de Acuña prohibió las máscaras y los disfraces de hombre a mujer por considerarlos ofensivos al orden público.
Fue justamente esa censura lo que obligó a que la tradición huyera de la gran ciudad y se consolidara el Carnaval de Santa María Aztahuacán en la periferia, donde los habitantes de los pueblos originarios encontraron en la danza un espacio de libertad y resistencia.
Incluso hoy en día, existe una tensión muy natural y viva frente a nuestra parroquia. Para nadie es un secreto que al párroco del templo a veces se le dificulta celebrar la santa misa debido al estruendo de las tubas y trompetas de las bandas que tocan justo afuera en el atrio. La parroquia, como institución litúrgica, prefiere el recogimiento; el pueblo, en cambio, lleva la fiesta en la sangre.
Combate entre Carnaval y Cuaresma. Pieter Bruegel, Flandes, 1559
La posada a la izquierda, la Iglesia a la derecha. Una escena que se repite cada año en Santa María Aztahucan
De la política del pasado al orgullo de hoy
La política también ha querido meter su cuchara en nuestra tradición. En la época posrevolucionaria, algunos personajes del poder civil local y subdelegados (como el recordado Coronel Pedro Cedillo, quien mandó hacer los lavaderos) impulsaron de forma directa la reorganización de las festividades. En la memoria de los abuelos se cuenta que familias de gran influencia lograron coronar a sus hijas como las primeras reinas del Carnaval de Santa María Aztahuacán —como Aurora Rioja Acevedo en 1929 o Margarita Granados en los años 30— para consolidar su prestigio social.
Pero que esto no se confunda con manipulación actual. Hoy en día, la fiesta pertenece enteramente a su gente. No necesitas el favor de ningún político para que tu hija sea reina; hoy, cualquier familia del pueblo que decida cooperar y aportar recursos para la música, los arreglos y el carro de su comparsa puede hacer que su hija porte la corona de su barrio. Es un ejercicio de autogestión y cariño vecinal.
Debates sobre la fe y la iglesia en el Carnaval de Santa María Aztahuacán
Para la antropología social, lo que pasa en nuestra comunidad es un fenómeno sublime. El pueblo no baila frente a la iglesia para burlarse de la fe. Lo hace porque en la cosmovisión de nuestros pueblos originarios, la vida no se divide en cajones separados; lo sagrado y lo profano se entrelazan de manera natural. El habitante del Carnaval de Santa María Aztahuacán tiene tanta hambre de espíritu como hambre de carne, y decide libremente juntar su alegría con el templo que es el centro de su comunidad.
No celebran herejías, celebran la vida y la gratitud. Al bailar en el atrio, de manera consciente o inconsciente, los pobladores involucran a Dios Padre, al Hijo y de manera muy especial a la Madre de Dios (nuestra patrona, Santa María) en su gozo cotidiano.
Porque como bien sabemos los que vivimos con fe, hay que dar gloria a Dios por cada vaso de agua limpia que tomamos y por cada fiesta que nos permite gozar en comunidad. El Carnaval de Santa María Aztahuacán, al final del día, es el agradecimiento de un pueblo que sigue de pie, alegre, unido y bendecido bajo el amparo de su historia.
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“Entre las celebraciones más importantes, se encuentra el Carnaval, que es un tiempo de festividad y desahogo previo a la sobriedad y recogimiento de Cuaresma y que básicamente consiste en cuadrillas de danzantes que van por las calles vestidos de charros con máscaras, de chinas poblanas o disfraces diversos llamados chichinas. Los acompaña la orquesta o banda de música y se detienen a bailar frente a las casas donde saben que les darán una cooperación para pagar la música. Se corona a las reinas que desfilan en carros alegóricos y se organizan grandes bailes, aunque hay algunas variedades que distinguen a cada pueblo.”
