Por: Gibran Rivas Categoría: Leyendas de Aztahuacán / Subcategoría: Tradiciones y Fe

Volvemos a esta fascinante serie de leyendas de nuestro pueblo, y esta vez nos preparamos de forma solemne y alegre para una de las fechas más entrañables de nuestro calendario. El Día de Muertos en Santa María Aztahuacán, fecha de cempasúchil y copal; es un momento donde la memoria y la fe se sientan a la mesa con nosotros. Muchos mexicanos piensan que algo mas que eso.

El relato que estamos por compartir sigue un modelo de historia muy repetida y arraigada en todo México. Lleva la clásica anécdota del familiar incrédulo que se niega a poner la ofrenda, solo para recibir una visión aleccionadora sobre el destino de los suyos. Esta versión, relatada por la Sra. Dolores Torres y Torres, nos recuerda por qué, año tras año, encendemos una cera en nuestros hogares.

Las Ánimas del Día de Muertos

Oradora: Sra. Dolores Torres y Torres

Todavía recuerdo de vez en cuando los cuentos e historias que me relataban mis abuelos, a los que siempre llamé padres, ya sean personales, ajenos o ficticios. Recuerdo solo algunas historias, otras ya se me olvidaron completamente, pero de entre las que me acuerdo están las siguientes:

Cuentan que en un pueblito a las faldas de los cerros, que posiblemente sea Santa María Aztahuacán, vivía un matrimonio con su pequeña y única hija, el esposo era arriero por lo que se ausentaba con frecuencia de su hogar; la esposa se dedicaba a su casa y a los animalitos que tenía, la niña ayudaba a su madre en sus quehaceres, así pasaban los días hasta que la esposa se enfermó y tiempo después murió. La niña le rezaba a su madre y le encendía su veladora cuando podía, mientras que su padre, sobreponiéndose a la pérdida, continuó con su vida.

Días antes del 1° de noviembre la niña le pide a su papá dinero para comprarle su cera y prepararle su comida, a lo que su padre se niega, diciéndole que son creencias de la gente y que los muertos no regresan.

El día 1° el padre tiene una salida de la que tardará 2 o 3 días en volver, por lo que se despide de su hija y le encarga la casa. En cuanto la niña ve a su padre alejarse, corrió a preparar el altar para su mamá, cortó flores de cocozatzi de la cerca, le preparó a su mamá una tortilla, lo más grande que sus manitas pudieron y en ella colocó lo que había en su casa para comer: nopales, frijoles, huevos, quelites y salsa, y a falta de cera buscó entre la leña del tlecuil una vara de ocote. Con todo esto colocó el altar y se lo ofreció a su mamá.

Al día siguiente, el padre, habiendo cumplido con sus cosas, decide volver, y para hacerlo más rápido atraviesa por los cerros para llegar al atardecer. Cuando ya empezaba a oscurecer y estando en plena sierra, observa a lo lejos unas luces, por lo que se acerca y cuál es su sorpresa al ver una gran fila de personas caminando por el cerro. Al frente iban los niños, le seguían los adultos. Los grandes llevaban canastas, ayates, chiquihuites, ollas y cazuelas, todos repletos de comida, pan, frutas, bebidas y sobre todo, todas llevaban una cera en la mano, unas eran grandes y escamadas y otras eran pequeñas y lisas. Se queda viendo cómo pasa la procesión, pero al final de la fila reconoce a alguien: a su esposa que llevaba, a diferencia de las ricas ofrendas y ceras de los demás, una gran tortilla con nopales, frijoles, huevos, quelites y salsa en una mano y en la otra una vara de ocote encendida. Pasa delante de él, lo ve y continúa con su camino alejándose con todos.

Sobreponiéndose a la sorpresa, continúa su camino hacia su casa y al llegar y entrar observa el altar y las ofrendas, por lo que cae de rodillas arrepentido de no creer que las almas de los difuntos regresan a visitar a sus familiares y a quienes les encienden una cera en su altar. Había tenido una revelación de lo que él no creía ni le daba importancia.

A partir de entonces, al acercarse el Día de Muertos en Santa María Aztahuacán, procuraba darle a su hija lo necesario para que preparara el altar de muertos ya que su esposa los visitaba cada año.

Notas Finales: La Fe, la Tradición y el Significado de la Ofrenda

Esta leyenda de las ánimas del Día de Muertos en Santa María Aztahuacán es un ejemplo perfecto de una tradición oral en consolidación. Es un modelo de cuento cuya finalidad es hermosa y clara: hacer que más gente practique y respete la tradición. Sin importar cuánto cambie el contexto o a qué región de México vayas, siempre oirás una historia similar.

Así es como se forjan las leyendas y la identidad de los pueblos. De hecho, este recurso narrativo para generar cohesión comunitaria tiene ecos milenarios. Algunos eruditos bíblicos señalan que textos enteros, como el Libro de Ester, fueron redactados precisamente con este modelo para generar identidad y cohesión en tiempos difíciles, o como el Libro de Daniel, que aunque funcionó como una ficción histórica para dar esperanza en su época, su verdadera grandeza radica en su sentido profético, el cual los apóstoles vieron plenamente cumplido en Jesucristo.

Es importante mencionar, con total transparencia, que la ortodoxia católica no afirma la visita física o material de las almas para consumir alimentos. La razón teológica de nuestros altares es dar honra a nuestros familiares, recordándolos como “Santos” por su fe en Jesucristo, y por lo tanto, reconociendo que siguen vivos espiritualmente, porque nuestro Dios “es un Dios de vivos y no de muertos”.

Sin embargo, para no matar la hermosa ilusión que envuelve a esta historia y a nuestras costumbres, hay que decir algo innegable: Dios lo puede todo. Y si Él lo desea, bien puede permitir efectivamente que todas, unas cuantas, o solo un alma en particular, vaya a visitar el altar que sus familiares le pusieron con tanto amor, dándole la certeza de que, por su bautizo y su fe cristiana, aquel difunto es un Santo; una luz eterna representada en esa pequeña veladora.

Continuemos pues con esta hermosa tradición en nuestros hogares. Sigamos encendiendo la cera y compartiendo el pan, aunque nuestro entendimiento madure y las historias cambien, hasta que se consumen en su totalidad aquellas profecías que inspiraron estas fechas de remembranza espiritual.

Sobre la Fuente y el Rescate Cultural

Este testimonio forma parte del corpus de historia oral recuperado en Santa María Aztahuacán. Su preservación en este espacio digital es posible gracias a la generosidad de la Lic. Frida Alejandra Mejía Gómez, quien nos permitió utilizar como base su destacada obra académica “La voz de las garzas”. Asimismo, extendemos nuestro profundo reconocimiento al Grupo Cultural Ollin, colectivo comunitario clave que trabajó hombro con hombro con los habitantes para levantar este archivo invaluable. Si quieres conocer más sobre las raíces de este proyecto, te invitamos a leer nuestra Semblanza de la Investigación y la Historia del Grupo Cultural Ollin.