Cada vez que llega la temporada de lluvias y vemos nuestras calles convertidas en ríos, nos cuesta creer que bajo el asfalto de Santa María Aztahuacán existió un verdadero paraíso de agua limpia. Como platicamos en nuestro post anterior sobre La Laguna de Santa María Aztahuacán (que te invitamos a leer si quieres recordar cómo era nuestro pueblo cuando estaba lleno de vida), este rincón de Iztapalapa era un enorme humedal.
Sin embargo, la desaparición de nuestra laguna no fue un accidente ni simple mala suerte; fue el resultado de decisiones de gobierno y obras gigantescas que, a lo largo de los años, buscaron secar todo el Valle de México para eliminar tierras de cultivo y construir calles, con la vieja idea de que quitar el agua traería más limpieza y evitaría inundaciones en el centro de la ciudad. Pero tambien hubo un factor mucho mas importante, las grandes inundaciones que azotaban la ciudad y que se cobraban miles de vidas humanas. Había que buscar el mal menor.
Las grandes obras que nos cortaron el agua
El agua de nuestra región empezó a desaparecer debido a tres grandes proyectos que cambiaron todo el oriente del valle:
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La Calzada de Puebla (1810): Al construirse este camino, se dividió físicamente el Lago de Texcoco. Esto dejó aislada a la Laguna de Santa Marta y cortó la circulación natural del agua que corría hacia Aztahuacán.
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La Desecación de la Ciénaga de Chalco (1895–1908): Una empresa privada (de los hermanos Noriega) secó por completo la zona de Xico. Esta obra alteró las corrientes subterráneas de todo el oriente y le quitó muchísima presión a los manantiales de nuestros alrededores.
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El Gran Desagüe del Valle de México (1900): Esta megaobra de ingeniería inaugurada por Porfirio Díaz comenzó a sacar miles de litros de agua por segundo fuera del Valle de México, dándole el golpe de gracia al gran lago de Texcoco y vaciando el equilibrio hídrico de la región.
Plano general de la mesa del Valle de México con indicación de los canales de desagüe, navegación y riego (1856).
El golpe final en nuestro pueblo
A nivel local, la laguna resistió un poco más, pero el colapso definitivo llegó a mediados del siglo XX. Hacia la década de 1930, el agua que brotaba de forma natural bajó tanto que los agricultores del pueblo tuvieron que abandonar los canales tradicionales (acalotes) y empezar a excavar pozos artesanos, usando bombas de motor para poder regar lo que quedaba de sus chinampas. Además, el lago de Texcoco tenía agua salada, al secarse, dejó salitre, arruinando aun mas la calidad del suelo.
El tiro de gracia vino poco después: el gobierno comenzó a perforar pozos profundos de manera masiva en nuestra zona, pero no para nosotros, sino para mandar esa agua al centro de la Ciudad de México. Esto vació por completo los mantos acuíferos. Los manantiales que alimentaban la laguna y los entrañables Lavaderos de San Pedro se secaron «para siempre» (Digo esto entrecomillado, por que el agua sigue ahi abajo, solo que por el momento es desviada a otras partes de la ciudad). Al quedarse sin agua, los canales fueron rellenados con tierra para vender terrenos y pavimentar las calles que hoy caminamos todos los días, como la Avenida Herminio Chavarría y la Avenida México, sepultando nuestro pasado lacustre.
A pesar de la nostalgia por los humedales, las inundaciones nos recuerdan que mas trabajo costará mantenerlos en el pasado a que vuelvan por la pura fuerza natural. Fotografía de Joz Meza. Excelente fotógrafo que les recomiendo conocer.
Los últimos patos y el Reloj Centenario
Hay una historia hermosa y agridulce en medio de esta tragedia ambiental. En esa misma década de 1930, cuando la laguna ya agonizaba y el agua se retiraba, los pobladores de Santa María se unieron en uno de sus característicos esfuerzos comunitarios. Aprovechando las últimas temporadas en que los patos salvajes llegaban al humedal, los vecinos organizaron grandes jornadas de caza para venderlos.
¿El objetivo? Juntar hasta el último centavo para financiar la construcción de nuestro emblemático Reloj Centenario. (Tomando en cuenta esto, la próxima vez que pases por la plaza y mires nuestro reloj, detente un momento: en la cantera de su torre y en el andar de sus manecillas se refleja, en realidad, el alma de nuestra laguna perdida).
Si quieres conocer más detalles sobre esta increíble hazaña vecinal y la información nueva que hemos descubierto, te invitamos a leer nuestro post dedicado por completo a la historia del Reloj Centenario de Aztahuacán.
Para no olvidar cómo cambió nuestra tierra, te dejamos esta tabla comparativa de lo que fuimos y lo que somos hoy:
| Parámetro Ecológico e Hidrológico | Estado Histórico (Hasta principios del siglo XX) | Estado Contemporáneo (Siglo XXI) |
|---|---|---|
| Cuerpos de Agua Activos | Laguna de Aztahuacán, Laguna de Santiago, Ojo de Agua de San Pedro y acalotes navegables. | Desecados en su totalidad; presencia de inundaciones estacionales en calles e infraestructura vial. Socavones. Algunos vecinos cuentan tener o haber tenido pozos dentro de sus propiedades. |
| Profundidad del Sistema | Profundidad variable, alcanzando un promedio de 2.5 metros en el vaso regulador principal. | Charcos e inundaciones pluviales que oscilan entre 0.5 y más de 1.5 metros en las zonas bajas y viviendas. |
| Fauna Endémica y de Arribo | Carpas, garzas, ranas, ajolotes, atepocates, gallaretas, pato de collar, pato cucharón norteño y pato golondrino. | Extinción local de especies acuáticas; reportes aislados de fauna silvestre adaptada Como las serpientes tras las lluvias y avistamientos de grupos de patos o garzas volando de paso. |
| Vegetación Predominante | Extensos tulares, lirios acuáticos, chichicaztle, flores de agua y densas hileras de árboles de alcanfor. | Especies vegetales urbanas introducidas; vegetación escasa y fragmentada en camellones y parques. |
| Dinámica de Transporte | Navegación comercial y de pasajeros mediante canoas, chalupas y trajineras de carga hacia la capital. | Tránsito vehicular motorizado propenso a colapsar por inundaciones y formación de socavones. |
